A cuatro décadas de su salida al mercado, Oktubre mantiene un sitio central dentro del rock nacional. El segundo trabajo discográfico de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, editado en octubre de 1986, condensó en nueve temas el panorama de una época marcada por las secuelas de la dictadura, el clima político y el contexto de la Guerra Fría. Asimismo, representó un momento de cambio en el recorrido del conjunto encabezado por el Indio Solari y Skay Beilinson, que afianzaba su perfil sonoro y visual.
El material apareció dos años después de Gulp!, el estreno discográfico de la agrupación originaria de La Plata, la cual por entonces integraba el circuito alternativo y reunía a algo más de un millar de espectadores por show. Su propuesta artística había transitado desde presentaciones iniciales que unían música, teatro y los monólogos de Enrique Symns hacia una estructura enfocada en las canciones.
La placa se registró en los estudios Panda, situados en el barrio porteño de Floresta, con la labor de Osvel Costa en el sonido. Al núcleo de músicos se integraron Tito Fargo como segundo violero, Daniel Melero en los teclados y Claudio Cornelio en la percusión, dando forma a un disco de clima oscuro, guitarras marcadas y un estilo próximo al postpunk con tintes de rock clásico y experimentación.
El listado de temas abarcó piezas que se transformaron en emblemas del grupo, tales como Preso en mi ciudad, Música para pastillas, Motor Psico, Semen-Up, Divina TV Führer y Jijiji, siendo esta última catalogada como uno de los máximos himnos de la música local y núcleo de los tradicionales pogos en los conciertos.
Las composiciones letrísticas de Solari delinearon un escenario de figuras perturbadoras, alusiones políticas, paranoia y sujetos marginales. El peligro atómico, el manejo de los medios, el uso de estupefacientes y el desánimo general atravesaron un repertorio que reflejó las inquietudes centrales de mediados de los años ochenta.
El aspecto visual jugó un papel clave gracias al diseño de Ricardo Cohen, conocido como Rocambole, quien ideó una portada protagonizada por una masa de personas con estandartes bajo una estética vinculada a la iconografía de la revolución soviética. Los tonos rojo, negro y gris conformaron una gráfica que se reprodujo masivamente en indumentaria y banderas, mientras que el reverso mostró la Catedral de La Plata incendiada.
El artista gráfico relató posteriormente que los conceptos nacieron de diálogos con el cantante, quien visualizaba muchedumbres y emblemas. Las alusiones a la Revolución Rusa de 1917 convivían con ecos de la trayectoria política nacional.
El proceso de grabación generó además ciertas rispideces internas. El saxofonista Willy Crook criticó con posterioridad el empleo recargado de reverberación, un rasgo que colaboró en la construcción de la sonoridad lejana y densa del material.
Con los años, el álbum se posicionó entre los trabajos más destacados de la discografía argentina. La publicación especializada Rolling Stone lo situó en el cuarto lugar de su listado de los cien mejores discos del rock vernáculo, por detrás de Artaud de Pescado Rabioso, Clics modernos de Charly García y el primer LP de Manal.
A cuarenta años de su publicación, aquellas nueve pistas conservan su vigencia y permiten trazar el período en el cual el grupo consolidó una de las trayectorias más duraderas de la cultura popular del país.





